No tenía mucho misterio ese dolor de garganta, con esa molestia en el oído, había enfermado de nuevo.
La tos le recordaba cambiar la postura a ratos, ir bebiendo agua y darse un respiro del bucle de pensamientos que no cesaban en la cabeza.
Recordó como cuando era pequeño, lo mejor que tenía era el saber cómo acabarían las cosas, daba igual cómo las empezara, pero no paraba hasta que el resultado no fuera el que en su cabeza sabía que era el correcto.
El que se había propuesto.
Era difícil saber dónde estaba ahora ese chico.
Ahora era justo lo contrario, sabía como empezaban las cosas, él siempre empezaba las cosas, el primer match, el primer beso, la primera palabra de la conversación, la primera muestra de arrepentimiento, los primeros momentos de la comida familiar, el primer acto de levantar el teléfono y llamar... Él sabía como hacer para que funcionaran las cosas al inicio, pero el final se escapaba totalmente de su control
De nuevo vino la tos y con ella la respiración agitada las palpitaciones el dolor de garganta el oído que palpitaba hacia abajo por toda la mandíbula.
Cerró los ojos, el pelo lo tenía recogido, le sudaba la espalda y las rodillas.
Dolía todo, también dolían los principios que había construido y los finales que ya siempre le sorprendían estaba sentado, resistiendo el calor y el cansancio. Las yemas de los dedos secas se rozaban en un movimiento fantasma que le recordaba que seguía pasando el tiempo y que tenia que actuar.
Pasaría, lo que no sabía ya era como, pero pasaría, acabaría y solo quedará una mochila más grande para guardar unas pocas piedras más.
No quería olvidar, aunque viera como espectador de un drama su propia vida, no quería olvidar.
Podría ser que ya no pudiera controlar el final, pero podía aprender de todos los que viviera hasta que por lo menos recordara que todo final también acaba en un principio.
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