Un jarrón vacío, azul y con más polvo que las mecedoras de mi difunta abuela alumbraba estoico el salón de aquel hombre.
Solo había visto una vez unas manos tan cansadas como las suyas y fue hace tiempo, en una escapada a Francia en la que un señor me vendió un par de gofres. Recuerdo salivar mientras temía que los postres cayeran al suelo en el trayecto que duraron a merced de su pulso, hasta que mis manos, decididas, le tomaron el relevo a las suyas.
Recordaba su presencia y sus manos por las historias que me habían contado y por ña única vez que misteriosamente había coincidido con él. Por supuesto hablo del señor Ricardo, el dueño de la casa.
La habitación era lúgubre, no por mala decoración, sino por la penumbra. Los cuadros colgados en la pared rezaban cada segundo por seguir desafiando a la gravedad un poco más. El grosor y peso de sus marcos colgados del papel de pared ocre carmesí daba por sentado que su suerte acabaría pronto.
El jarrón sobre la mesa de café seguía siendo mi único punto de referencia al que aferrarme ante una tensa espera de pie en el centro de la sala. Esperé cerca de cuarenta minutos hasta que escuché los pasos acercándose que me darían las respuestas a todas las preguntas que me había planteado desde que empecé esa historia.
La puerta se entornó y apareció el señor Ricardo.
Su batín grisáceo y la protuberancia de su espalda me dio a entender tres grandes cosas, la salud es fundamental, la higiene necesaria y la esperanza es lo último que se pierde.
Parecía increíble que ese cuerpo pudiera resistir el peso del aire que llenaba la habitación, la poca luz del salón se reflejaba en sus ojos hundidos y la oscuridad emanaba de las bolsas moradas bajo la mirada.
-Hola señorita.
-Señor...
Dio una larga mirada del que parecía ser su sillón hasta mis manos que sujetaban la cámara como si fuera mi centro gravitacional y me tendió la mano hacia el tresillo de enfrente.
-Por favor, siéntate.
-Gracias.
-¿Quieres té?- Té. Me parecía una pregunta trampa dadas las circunstancias. Dibujé un intento de sonrisa.
-No se preocupe, estoy bien.
-Si no quiere té, ¿qué quiere joven?
-Respuestas.
-A eso le preceden preguntas. Dígame ¿Si estuviera Dios delante de usted, qué le preguntaría? ¿Qué le diría?, ¿Lo mismo que a mi tal vez?
-No, claro que no. Preguntaría cosas más... importantes, trascendentales.
-Pues entonces, no pierda el tiempo buscando respuestas a preguntas que no le formularía a Dios. No tienen importancia.
De repente el jarrón azul se oscureció, se volvió prácticamente negro y se quebró como si un relámpago se hubiera tropezado con su cerámica castigada por los años.
Quise irme.
lunes, 25 de marzo de 2019
sábado, 23 de marzo de 2019
Ojos despeinados y pez enlatado
Con los ojos despeinados y la sonrisa caliente volvió a ver lo que era suyo, con el alma en calma y el café de buenos días en la cama.
Las dudas se pasaron por la boca del túnel que noche tras noche abría sus puertas con atajo directo a la parte más débil de su mente.
Los números del día solo le hacían latir el corazón 3 veces al mes. 3 fechas importantes que alocadamente se colocan en el calendario sin tener en cuenta que los domingos son los días con más insomnios.
Despertar de madrugada es una tómbola sin premio y con castigo que se renueva cada solsticio.
En el abandono del abismo que hay entre la almohada y el colchón, al despertar vuelves a una realidad abandonada durante horas y respiras enfrascado como un pez en una lata que nada de espaldas a la corriente sin ver por qué le cuesta tanto seguir adelante.
Las dudas se pasaron por la boca del túnel que noche tras noche abría sus puertas con atajo directo a la parte más débil de su mente.
Los números del día solo le hacían latir el corazón 3 veces al mes. 3 fechas importantes que alocadamente se colocan en el calendario sin tener en cuenta que los domingos son los días con más insomnios.
Despertar de madrugada es una tómbola sin premio y con castigo que se renueva cada solsticio.
En el abandono del abismo que hay entre la almohada y el colchón, al despertar vuelves a una realidad abandonada durante horas y respiras enfrascado como un pez en una lata que nada de espaldas a la corriente sin ver por qué le cuesta tanto seguir adelante.
viernes, 15 de febrero de 2019
A la contra
Hay cierto placer en llevarle la contraria al tiempo, al sueño y a los sueños, a la vida en general. Que si eres joven te quieres morir y si ya le das la mano le haces ascos porque te tienes que ir.
Hay placer porque no es lo que toca, hay placer porque el mundo no tiene hora, el sol sale porque le apetece y las nubes le tapan porque quieren. La luna no alumbra, hace sombra y las estrellas mueren más que las personas.
El placer es hacer algo natural. Hacer el amor da placer porque en este mundo el espacio para las caricias está restringido, porque los besos todavía tienen género y la moral se apoya más en el debería que en lo que realmente apetece.
Tengo sueño, así que voy a soñar, pero despierta. Ayúdame a llevarle la contraria al mundo y a dejarlo todo atrás, para encontrar un mundo nuevo, cuando parece que no puedo pedir nada más.
sábado, 9 de febrero de 2019
Vivir sin luchar
Si cuesta, si duele, es que vale la pena. ¿Quién no ha oído esa frase? Yo crecí con ella pero mi madre siempre luchó contra los que me la decían y me susurraba lo más fuerte que podía, "si cuesta es que no es para ti, si duele es que no vale la pena".
Tiene razón, en parte, sé que no tengo que luchar por nada porque, realmente, la vida da lo esencial. Pero hay gente que te lo quita.
Cuando quieres algo en la vida, siempre hay terceros, que, por alguna razón, van a querer desmoronarlo. Ya sea la envidia, los celos, el odio...
Si quieres algo has de luchar por conseguirlo, cuando lo tienes, si lo sigues queriendo tienes que luchar por mantenerlo y protegerlo y así es como se hacen las cosas importantes, así es como se crea una familia, como se consiguen las metas. Yendo a por ellas aunque duela, aunque cueste...
Hay veces que nos obcecamos en una meta, pero tal vez no es para nosotros. Otras veces, simplemente, hay que elegir y al elegir, estamos luchando porque perdemos y ganamos a la vez.
Resumiendo, me quedo con la frase de "hay que saber elegir las guerras que luchamos" porque no puedes ganar sin pelear y no puedes vivir sin intentarlo.
Tiene razón, en parte, sé que no tengo que luchar por nada porque, realmente, la vida da lo esencial. Pero hay gente que te lo quita.
Cuando quieres algo en la vida, siempre hay terceros, que, por alguna razón, van a querer desmoronarlo. Ya sea la envidia, los celos, el odio...
Si quieres algo has de luchar por conseguirlo, cuando lo tienes, si lo sigues queriendo tienes que luchar por mantenerlo y protegerlo y así es como se hacen las cosas importantes, así es como se crea una familia, como se consiguen las metas. Yendo a por ellas aunque duela, aunque cueste...
Hay veces que nos obcecamos en una meta, pero tal vez no es para nosotros. Otras veces, simplemente, hay que elegir y al elegir, estamos luchando porque perdemos y ganamos a la vez.
Resumiendo, me quedo con la frase de "hay que saber elegir las guerras que luchamos" porque no puedes ganar sin pelear y no puedes vivir sin intentarlo.
Foto que puede ser perfectamente un auto retrato mío intentando vivir sin luchar.
Final
Momentos… Eran todo gotas de felicidad.
Eran suspiros de alivio entre una tempestad de emociones,
por momentos podía sentir un beso si fotografiaba a unos novios
en el reportaje de su boda, me gustaba adivinar las miradas, sentir su energía.
Igual pasaba con las plantas, las flores su propósito, sentirme diosa y esclava,
de las limitaciones físicas y de encuadrar a libre albedrío la propia sentencia de
muerte de unos cuantos planos.
por momentos podía sentir un beso si fotografiaba a unos novios
en el reportaje de su boda, me gustaba adivinar las miradas, sentir su energía.
Igual pasaba con las plantas, las flores su propósito, sentirme diosa y esclava,
de las limitaciones físicas y de encuadrar a libre albedrío la propia sentencia de
muerte de unos cuantos planos.
El lavadero de Cerezuela, qué pueblo más simpático.
Qué cantidad de fantasmas se me aparecieron mientras lo inmortalizaba.
Por supuesto me refiero a los fantasmas del pasado, no de los que hacen "bú"
y van con sábanas blancas y cadenas.
Qué cantidad de fantasmas se me aparecieron mientras lo inmortalizaba.
Por supuesto me refiero a los fantasmas del pasado, no de los que hacen "bú"
y van con sábanas blancas y cadenas.
-Perdona, ¿eres Emma?
-Sí, hola.- Qué mal llevo que me saquen de mis ensoñaciones.
-El comandante nos avisó de que venías. Te llevaré a dónde haremos la sesión.
Tras una breve pausa añadió con un atisbo de inseguridad ¿Me acompañas? - Sé
que se odiaba a sí misma por dejar ver esa inseguridad, pero no entendía por qué
yo seguía agachada frente a un puñado de hojas secas. Sé leer ese rostro y me
cae muy bien la gente que se deja leer.
Tras una breve pausa añadió con un atisbo de inseguridad ¿Me acompañas? - Sé
que se odiaba a sí misma por dejar ver esa inseguridad, pero no entendía por qué
yo seguía agachada frente a un puñado de hojas secas. Sé leer ese rostro y me
cae muy bien la gente que se deja leer.
-Sí, en seguida- Cambié mi rostro y puse la sonrisa más amable y menos de loca
que me permitió el desconcierto del momento. Ahí fue cuando reparé en ella.
que me permitió el desconcierto del momento. Ahí fue cuando reparé en ella.
Quiero decir, ya sabía que estaba ahí, pero la vi, lo vi. Esa chica tenía algo, tenía
que sacarle una foto, necesitaba estar en una pelea entre mi objetivo y su mirada.
Necesitaba sacarla orgullosa de esa inseguridad, derrochando valentía, eso es lo
que va con ella.
que sacarle una foto, necesitaba estar en una pelea entre mi objetivo y su mirada.
Necesitaba sacarla orgullosa de esa inseguridad, derrochando valentía, eso es lo
que va con ella.
Seguí sus pasos a una distancia corta muy molesta que se interponía entre
mi mente
y el resultado mientras elocubraba cómo captar en una fotografía una forma
de caminar.
mi mente
y el resultado mientras elocubraba cómo captar en una fotografía una forma
de caminar.
Te odio
Te odio muchísimo.
Te odio por tu existencia, te odio por respirar, te odio por la vida que tienes en los demás, te odio porque sigues ahí, te odio porque tu presente parece que no se acaba, porque tu mundo quiero que sea ya el mío, porque me pertenece, porque ya me toca a mi y porque es mío.
Quiero quitarte de en medio, quiero matarte de todos los recuerdos, quiero que nadie que esté a mi lado te salude por la calle, porque no estás, porque no eres nadie.
Te odio porque odiar es ponerme contra algo o alguien que me quita lo que quiero y yo lo que quiero es estar tranquila, respirar sin miedo, que no se me remuevan las tripas cada vez que oigo tu nombre. Pero lo oigo mucho y se me va el aliento cada minuto que mi mundo roza un poco tu vida, que debería estar lejos de la mía. Cada vez que mi mundo dice que te quiere ahí, y yo no quiero...
Porque ya me han querido,
y no tiene que ver con la confianza ni de amor...
Porque mi mundo puede querernos a las dos,
ya he sentido eso y no lo quiero sentir otra vez.
Quiero para mi lo que es mío.
No es una amenaza, es un hecho, así que largo.
Te odio por tu existencia, te odio por respirar, te odio por la vida que tienes en los demás, te odio porque sigues ahí, te odio porque tu presente parece que no se acaba, porque tu mundo quiero que sea ya el mío, porque me pertenece, porque ya me toca a mi y porque es mío.
Quiero quitarte de en medio, quiero matarte de todos los recuerdos, quiero que nadie que esté a mi lado te salude por la calle, porque no estás, porque no eres nadie.
Te odio porque odiar es ponerme contra algo o alguien que me quita lo que quiero y yo lo que quiero es estar tranquila, respirar sin miedo, que no se me remuevan las tripas cada vez que oigo tu nombre. Pero lo oigo mucho y se me va el aliento cada minuto que mi mundo roza un poco tu vida, que debería estar lejos de la mía. Cada vez que mi mundo dice que te quiere ahí, y yo no quiero...
Porque ya me han querido,
y no tiene que ver con la confianza ni de amor...
Porque mi mundo puede querernos a las dos,
ya he sentido eso y no lo quiero sentir otra vez.
Quiero para mi lo que es mío.
No es una amenaza, es un hecho, así que largo.
lunes, 4 de febrero de 2019
Intentarlo
Jugar, intentarlo ¿Por qué no?
Volver a probar todas las decisiones. Recordar el sabor, darse cuenta de las posibilidades y perderse en el cambio de las experiencias. Eso pensaba Emma el 4 de febrero, sobre las 12 de la tarde.
Música y ruidos en un bar con suelo fino, parece despuntar el café servido con las tapas de marisco, las risas del humo... Es el último clandestino que permite fumar dentro a sus amigos, todos policías, un negocio vivo, desde luego.
Faltaba el repartidor de la mejor mesa de póker de la ciudad entre los grupos de la tercera edad que echaban los dados en modo automático. Más que ciudad era un pueblo grande que entre la crítica en los ojos de la gente saltaba la compasión por el vecino minutos después de haber hablado mal del mismo.
Olía a medio día sin final, entre cocina y humanidad. Por la ventana entraba el sol temprano, estaba bien orientada, el reflejo de sus cristales alargaba la tarde como un día sin pan para los que necesitabamos que llegara la noche y descansar.
Jugar e intentarlo. Un día más. Es agotador.
Miré el vaso de la mesa de al lado y me incomodé de las migas de pan en la mía. Sentí que me miraban y sumergí la cabeza en el periódico del día. Ni idea de lo que ponía, pero estaba cansada y aparentar que leía me consumía la energía justa y me daba la excusa perfecta para no responder a nadie con una mentira opresora ni con una verdad punzante.
Hace tiempo, cuando me preguntaban cómo estaba, pensaba que un "bien" bastaría. Pero no fue así. No me sentía satisfecha ni ellos se quedaban tranquilos con esa afirmación liviana.
Estaba cansada y en casa no había un rincón dónde pudiera sentir la calidez de un hogar. Pasó la página por tercera vez, la yema del dedo se quedó seca entre el aire y el papel y la tinta negra entumeció la huella poco antes de que la chupara para que ocurriera por una cuarta y quinta vez hasta que no quedaron hojas en ese refugio de celulosa así que me levanté, dejé mi plato vacío, las migas con los surcos de mis codos y unos euros en la mesa.
Volver a probar todas las decisiones. Recordar el sabor, darse cuenta de las posibilidades y perderse en el cambio de las experiencias. Eso pensaba Emma el 4 de febrero, sobre las 12 de la tarde.
Música y ruidos en un bar con suelo fino, parece despuntar el café servido con las tapas de marisco, las risas del humo... Es el último clandestino que permite fumar dentro a sus amigos, todos policías, un negocio vivo, desde luego.
Faltaba el repartidor de la mejor mesa de póker de la ciudad entre los grupos de la tercera edad que echaban los dados en modo automático. Más que ciudad era un pueblo grande que entre la crítica en los ojos de la gente saltaba la compasión por el vecino minutos después de haber hablado mal del mismo.
Olía a medio día sin final, entre cocina y humanidad. Por la ventana entraba el sol temprano, estaba bien orientada, el reflejo de sus cristales alargaba la tarde como un día sin pan para los que necesitabamos que llegara la noche y descansar.
Jugar e intentarlo. Un día más. Es agotador.
Miré el vaso de la mesa de al lado y me incomodé de las migas de pan en la mía. Sentí que me miraban y sumergí la cabeza en el periódico del día. Ni idea de lo que ponía, pero estaba cansada y aparentar que leía me consumía la energía justa y me daba la excusa perfecta para no responder a nadie con una mentira opresora ni con una verdad punzante.
Hace tiempo, cuando me preguntaban cómo estaba, pensaba que un "bien" bastaría. Pero no fue así. No me sentía satisfecha ni ellos se quedaban tranquilos con esa afirmación liviana.
Estaba cansada y en casa no había un rincón dónde pudiera sentir la calidez de un hogar. Pasó la página por tercera vez, la yema del dedo se quedó seca entre el aire y el papel y la tinta negra entumeció la huella poco antes de que la chupara para que ocurriera por una cuarta y quinta vez hasta que no quedaron hojas en ese refugio de celulosa así que me levanté, dejé mi plato vacío, las migas con los surcos de mis codos y unos euros en la mesa.
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