sábado, 7 de noviembre de 2020

El verdadero protagonista

Quedé relegada a un segundo plano en mi propia vida. Como si todo estuviese ya escrito y yo esperara a que el editor de mi vida escribiese hasta los agradecimientos.

Ya apenas me conmovía cuando alguna herida del pasado se reabría con nuevos acontecimientos.

Recuerdo el día que me encontré a un compañero del colegio en la frutería. Me hubiesen podido comparar con los tomates cuando toda la sangre me subió a la cara y notaba el pulso en las orejas, como cuando se metía conmigo clavándome el compás en la espalda o intentando levantarme la falda.

Sopesé darme la vuelta pero mis instintos de huida también estaban bloqueados. Cuando él me reconoció me saludó con un leve movimiento de cabeza y media sonrisa desinteresada y siguió comprando medio kilo de naranjas. 

Yo imité su saludo como si fuera su imagen reflejada en un espejo, aunque por dentro me sentía atrapada en los 14 años y totalmente humillada con todos los recuerdos que recorrían en avalancha todo mi ser.

Ahora, ese tipo de acontecimientos ya no me sumían en ese caos de emociones. Había aprendido a dominarlos, sin intención, pero eficazmente y dejaba que me recorriese por todo el cuerpo el sentimiento.

Como si me hubiesen inyectado en vena un compuesto de sedante con un poquito de amargura y el toque de salsa agridulce. Así me sentía mientras miraba el devenir de mi vida capítulo tras capítulo y las promesas del pasado romperse una tras otra.

Mientras se disolvían ante mis ojos yo les iba pasando turno por mis pensamientos como el cura que pasa la confesión de los domingos a las 6 en punto de la mañana. Una vez ya calmadas las aguas no me quedaba otra cosa que escribir.

Ver a mi ex diciéndole lo mismo que me decía a mí. 

Saludar amablemente a la profesora que me hizo quedar como una ladrona con 7 añitos delante de toda la clase. Me apodaron la manos largas aunque se demostró que yo no había robado aquel dichoso libro.

Tener que darle la razón a la arpía de turno que me decía, "vaya, al final no has encontrado trabajo de lo tuyo". Me amargó toda la carrera para que dejara el periodismo porque eso "no tenía futuro".

Cada una de esas ocasiones transmutaban en una página de mi libro. Por suerte, encontré oficio a base de encontronazos con esas y muchas más heridas del pasado, ya que no solo eran muchas sino que yo tenía un imán especial para atraer aquellas situaciones. 

Los malos momentos se me repetían tantas veces al día como una sopa de ajo mal bebida y a su vez escribía más que dormía. Hasta que acabé el libro, por fin lo tuve en mis manos.

Siempre veía las estanterías de las librerías de mi ciudad repletas de los libros de mis amigas y ex parejas. Ahora que todo el mundo tenía un libro yo me sentía estúpida de concertar una cita con una de las editoriales más prestigiosas del país. 

Cogí la mitad de lo que tenía ahorrado para pagarles un par de correcciones. La otra mitad era para publicar el libro con tapa dura, un capricho movido por la vanidad.

-Este capítulo es prescindible.

-No lo es- le repliqué a Marisa, la de la editorial cara.

-¿Qué aporta? 15 páginas enteras de pensamientos de la protagonista sin los cuales la trama sigue avanzando exactamente igual- La mujer, que iba de guay y poco convencional se sacó del chaleco desteñido un par de bolígrafos y tachó con una cruz el capítulo 7.- Muy bonito, pero aburrido para el lector.

-Mantuve el aire en los pulmones unos segundos antes de hablar- ¿Se supone que los pensamientos del protagonista no importan?

-Claro que importan, pero te equivocas de protagonista.

-No me entero de lo que me quieres decir.

-Eso es evidente.- Mi mirada paralizó por un momento la frivolidad de la señorita new age.- Verás, el protagonista aquí no está en la tinta de tu libro, sino sujetándolo. 

Entendí su punto de vista pero quería que siguiera hablando, como esperando a que convenciese no solo a mi razón sino también a mi orgullo.

-Quiero decir, que al lector que está enganchado a la trama no le importa lo que piense tu protagonista, sino lo que lee le hace pensar y sentir a él. El lector es el único protagonista que importa realmente.

Iba asintiendo dócilmente pero con una terquedad que me tensaba el cuello como las cuerdas de una guitarra. Con esa perspectiva tendría que cambiarlo todo.

-Por cierto, una cosita más...- Miré con fijación su tentativa de decir lo que de verdad quería decir o salir del paso con una banalidad de tres al cuarto- deberías de escribir menos sobre tu vida personal... las que van de víctimas y heroínas no suelen caer bien.

Había optado por la verdad y eso honraba a su persona y el dinero que me había gastado en esa corrección, muy a mi pesar.

-Gracias Marisa.

-Nos vemos en la próxima revisión.

-Y última...- Deslicé ente dientes.

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