viernes, 14 de diciembre de 2018

Eco


Ya no recuerdo si era de noche o de día, si mi pecho estaba herido o los cortes habían desaparecido. Que inexplicable e infinito es el dolor, el amor es leve e intenso pero el dolor… El dolor se hace notar. Es por esto que suele ganar.

Me levanté en un suelo frío y oscuro, mis ojos se habían acostumbrado en seguida a la penumbra pero no había nada más que 4 paredes sucias de piedra. Nada podía llamar mi atención excepto el líquido que notaba por la cabeza y las manos apoyadas en el suelo.

Acerqué el ungüento a mi nariz y en seguida distinguí el olor a hierro y sal de la sangre, sangre coagulada.

Me levanté bruscamente horrorizado y traté de encontrar un escape. La ventana por la que entraba algo de luz tenía barrotes pero nada más.

¿Cómo había yo acabado ahí dentro?
¿Qué ha pasado con mi viaje de estudios a Nueva Orleans?

Y lo que es más importante ¿Dónde está mi móvil? Estúpida pregunta pensareis, pero no, el móvil era lo único que miraba desde que despegué en Oklahoma hacia mi nuevo internado para completar mi formación de la secundaria y el motivo de tal apego a ese aparato es que ese día iban a mandarme un mensaje con la nota final de mi examen de acceso a la universidad. Joder, espero haber aprobado.

Me apoyé en la pared mareado por el olor de la sala y el dolor de todo mi cuerpo. Sentía las extremidades entumecidas y el torso dolorido. Alguna imagen de dos hombres y una mujer pegándome me vino a la mente como en una pantalla de cine, mi pecho dolía y comprendí que parte de la sangre del suelo era mía y esperaba con devoción que fuese solo mía y no encontrarme ninguna sorpresa detrás de mi.

El dolor acabó por vencer y me dejé resbalar apoyado en el muro hasta sentarme.

De pronto un crujido me puso alerta y me cortó la respiración como si el simple aire pudiese delatarme.

Pasos.

“Skhanbur Rest Animaris”

El eco de esas palabras hizo que las paredes temblasen, gravilla y polvo despertaron de las grietas, las piedras apiladas parecieron más frágiles cada vez, como si de plastilina se tratase los muros se deshacían en formas y para protegerme me tumbé y me llevé las manos a la cabeza mientras observaba atónito el espectáculo pero entonces una sombra.

Para tranquilizarme pensé en el pequeño jardín de mi casa, con sus hojas alborotadas en el suelo, los 3 árboles solitarios pero robustos que le daban al hogar sombra en las tardes de verano. Nada de lo que había allí me disgustaba, ni si quiera los tréboles que se colaban entre las brechas del camino de piedras.

Nunca he sentido quedarme sin aliento al recordar mi hogar, mi hogar es el puerto en el que me recogen en cajas de mudanza entre pieles sonrisas, únicamente puedes ver mi corazón latiendo como el David Jones.

No quiero ser la carta en botella que recogen en la orilla sin nombre ni apellidos, no quiero lamentarme de no haberte amado lo suficiente o al menos no habértelo demostrado, odiaría arrepentirme de no haberte elogiado lo suficiente la ropa y como te quedaba, el brillo de tus ojos y el que le daban a los míos.



Ahora esa luz eres tú

He sido testigo de tu perversión e inocencia. Vamos. Deja que me llene tu frío y tú calor. Quieres salir constantemente al balcón. En pleno diciembre yo recuerdo cuando esperaba a que llegara la Navidad. Al fondo, en el cielo, se veía un trineo. Una luz sobre una antena hacía que se encendieran todos mis sueños. 

Antaño pensaba que era solo una tonta idea para hacer feliz a una niña inocente. Ahora esa luz creo firmemente que es ella. Guíame. Se mi norte. Cuídame aunque te cueste no tocarme. Desde el cielo o desde tu cama, siempre me guías firmemente, ninguna sabe hacia dónde pero espero que así sea hasta la muerte.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Peligro, daga y veneno

Sus ojos me miraron desde la otra punta de la habitación, sabía que estaba ahí aunque no pudiera verla.

Sus silencios eran droga y oasis en una avalancha de emociones.

La mano cobra vida, sus dedos se deslizan por mi vientre. Me siente, la siento.

La sonrisa, la mirada. Perversa y desenfrenada.

Respiro tranquila con su beso. Me marean sus versos y la dulzura en el proceso de hacer que acabe en su cielo.

Lluvia, hojas y rocío, hay fuego en mi selva y gritos en el olvido. Quiero ser dueña de esos recuerdos, de todos los gemidos.

Sigo sintiéndote, en mi espalda, en el vientre, en mis manos y en el cuello. Me llevo los dedos a la boca y sonrío humedeciéndolos.

Qué peligro para el alma, qué daga en el pecho y qué veneno letal si me cierras las puertas de tu cielo.

A ti, que te gustan las armas blancas, eres la más afilada que he sentido en mente y alma.



lunes, 10 de diciembre de 2018

La colonia de las emociones

Me colgué de su mano y empecé a caminar. Respiré profundo para poder saber como me sentía y noté de repente el vacío en el pecho. 

Cuando la gente grita que está rota por dentro, que ya no son los mismos, realmente sí que lo son. Nada ha cambiado en ellos, porque cuando realmente estás roto, no lo vas gritando lo sangras y lo respiras despacio, como si fuera el último aliento y la última calada que tu cuerpo va a soportar entre tanto sufrimiento.

Sangras y respiras, con cada latido de tu corazón, a cada paso, día tras día. Es normal acabar agotado tras tanto intentar. 

Las lágrimas son gotitas de sentimientos, la colonia de las emociones. Nos impregnamos de ellas, dejamos que nos calen y que maravilla es, llegar a casa, y sentir que cada gota ya no moja, que tan solo es parte de tu alma. 


Tan dulces y saladas, el aspecto de la libertad en un cristal de agua. 

A todo esto, yo ahí seguía, colgada de su mano con mis botitas de agua, destellos de la tormenta en cada uno de los surcos que se deslizan de la punta a la suela. 

Sus pies a mi lado, su mano en la mía, su mirada al frente y la sonrisa perdida. Pero los sentimientos que le hacían quedarse, eran todos por mi y eso es lo único que yo le pedía, que se quedara ahí.

Respiré profundo para poder sentir a dónde se había ido la tormenta  ahora y decidir si alejarme de la mía un poco más. La decisión fue fácil porque a su lado me daba igual. Iba a calarme entera, por ella, con ella, mirada al frente, la sonrisa de la una por la otra y luciendo nuestra colonia.




Antes de que floreciera

Vi mi bosque, siempre lo veo al otro lado del cristal. No pude aguantarme, otro día más, y corrí hacia él. Echaba de menos el mar, la inmensidad del horizonte... Pero que maravilla pisar las hojas secas y ver todos esos árboles.

A lo mejor lo que sentía era culpa mía, esa sensación de huida. Tal vez es porque en mi maleta siempre pesaron más las páginas de una buena historia que las carteras y morales impuestas.

No siempre hay un camino con final, a veces el propio camino es llegar a la mitad y dar marcha atrás. Sin juicio. Sin miedo. Sin pensar.

Las hojas crujían, las sombras cuchicheaban entre las ramas. La frondosidad del bosque no dejaba indiferente a ningún ser que lo contemplase.

Por eso a veces te llamo en mi mente, "Mi bosque en llamas". No te olvides, eres tú. Es por ti.

Cerré los ojos y estiré mis brazos hacia arriba. Mi columna se estremecía. Solo cuando pienso en ti puedo llenar los pulmones completamente y vaciar todos los pensamientos que me hacen daño al sacar el aire por mi nariz. 

No sé si me entenderéis algún día. Paso a paso, lanzaba la punta del zapato hacia delante levantando algunas ramitas del suelo. Olía a tierra.

No estoy ciega de amor ni pretendo alejarme de vosotros. No busco rebelión ni lucha, busco ser yo y estar feliz, por lo menos ahora.

Tengo sueños que cumplir, pero no los encontraba hasta que la encontré a ella. El sendero iba comiéndose por los árboles y algunas zarzas, menos mal que llevaba un pantalón largo. 

Tal vez a lo que aspiraba en la vida se parecía más a lo que vosotros queríais de mi antes de que ella floreciera en mi. 

Ninguno de los caminos es fácil porque nunca sabes qué puede pasar. Hay noches en las que mi mente viaja a toda velocidad, más lejos de lo que ningún sueño ha podido llegar a alcanzar. Horas, días y minutos, todo me da igual.

Llegué a un pequeño puente de madera que cruzaba un río que llevaba años seco. En el cauce habían varias madrigueras y era un tránsito sin límite de velocidad para las ardillas que galopaban de orilla a tronco como si no hubiera nada más importante en el mundo.

¿Por qué llevo cuatro años inventando excusas y cediendo a todo lo que odio por veros a vosotros sonreír? Seguía pensando en las ardillas.

Salgo ya de lo establecido, al encuentro con lo desconocido. Igual no son las formas ni los minutos lo que me va a hacer avanzar en el camino. 

Veo a lo lejos la losa de mi ventana al doblar una esquina, enaltecida por un árbol. Desde esa ventana había mirado con deseo el mismo bosque que ahora sentía bajo mis pies, minutos antes de empezar el paseo y echar a correr. 

Ya tenía que volver, pero sea como sea, haré cuenta de lo que necesito para continuar. Menos mal que siempre tendré mi bosque en llamas, con sus crujidos y sus hojas secas, con flora y su fauna. Ella ríe y es río. Ella cruza y bebe silenciada por el pantano de sus aguas, sedientas, atrayentes, devora, revive, alivia y calma.



sábado, 8 de diciembre de 2018

Destrucción

Eres el culmen de una destrucción organizada. Como la Mascletà en Fallas. Como quien se encarga de demoler un edificio con un poco de pólvora y un puñado de explosivos.

Me dices que no tenga miedo de destruir lo construido, me llamo cobarde por no querer hacerlo. Pero me he dado cuenta de algo. No sé si es lo correcto. Pero algo es. 

Me he percatado de que durante 7 años he estado construyendo a base de mucho dolor, incomprensión, sin salida, sin muros, sin alas pero a kilómetros de altura y no sabía que cuando me caía yo estaba sintiendo día a día que me hacía pequeña, que me perdía. Mi mayor apoyo manchó mi mayor ilusión. Mi sueño de niña se cayó con mucho dolor. 

Me castigué por cosas que nunca llegué a entender, me derrumbé noche tras noche con una angustia que no supe manejar. Música alta, bailes en el cuarto de baño, muchísimas noches mirando el cielo.

Te echo de menos, me echo de menos. A lo mejor eres el culmen de todo lo que he estado construyendo en base al dolor y partiendo de no muy lejos, pero tampoco cerca, un desconsuelo de no ver todo lo bueno que tenía y tengo. Puedo recuperarlo, no he perdido nada, solo a mi misma, mi vida y mi esencia. 

No sé que hago ni a dónde miro cuando escribo pero siento que esto, tú, me da lo que necesito. Gracias otro día más. Te quiero mi vida.



Ni como ni cuándo

Como a veces con el estómago encogido, haber vuelto me ha dado más tinta de lo que antes me estaba permitido. Siempre me sobrarán motivos para agradecerle a mi rosa que es por ella y prometo que nunca me faltará tiempo para decírselo. Aunque sea en líneas a través de una pantalla. 

Si estoy mal, no sé si como y mucho menos sé decir cuándo. Porque si estoy mal, procuro no moverme mucho. Ato las manos. Se encogen los pies, el corazón y las piernas. Ni siquiera llego a medir 1.61 cuando me asusta caminar por miedo empeorar. 

No como, porque antes de conocerte me hicieron comer demasiado. No hay un cuándo programado para saber si voy a volver a comer así. Ni como ni cuándo. Porque estoy segura de que es ahora el momento en el que yo decido que marcas van a quedarme para el resto de mi vida. Que sentimientos van a alimentarme, que voy a hacer con tal de que me sigas mirando como si fuera lo mejor que te ha pasado. Porque sé que soy buena, pero a tu lado soy mejor. 

Te amo. A ti si que te como y no me importa cuándo. Solo te quiero a ti a mi lado.



Eco

Ya no recuerdo si era de noche o de día, si mi pecho estaba herido o los cortes habían desaparecido. Que inexplicable e infinito...