Lovely Daddy

Alasse escribía una y otra vez la carta a los reyes magos y Santa Claus. El pompón al final del bolígrafo se agitaba incansable mientras ella fruncía el ceño, tiraba la hoja y volvía a empezar.


Sus labios formaban una fina línea de determinación, este año quería conseguir el regalo más grande que se puede pedir, este año su padre volvería de la guerra por navidad.


-Alasse hija, coge el teléfono.
Alasse corrió al piso de abajo para responder, su madre estaba embarazada de 7 meses. Iba a tener un hermanito y trataba de que su madre no hiciese ningún esfuerzo innecesario.


Su madre, Devorah, Decía constantemente que cuando naciese el pequeño Corey su deseo de navidad se habría cumplido.


-¿Diga?
-Hola querida.
-¡Abuela!
-¿Qué le parece a tu madre ir a comer a un restaurante hoy?-Alasse miró el reloj sorprendida.
-¡Pero si son las dos de la tarde!
-Lo se, pero se me ha ocurrido así de repente y...


-Alasse, ¿Quién es?


-Ho, ¿Esa que oigo es tu madre?
-Si abuela, ahora te la paso.


La pequeña le tendió el teléfono a su madre y se quedo expectante a la conversación.


-¿Devorah?
-Si mama, dime.
-¿Que te parece que vallamos a comer a algún sitio?
- ¿A comer, eh?- Se hizo un silencio en ambas líneas de teléfono, Devorah observó detenidamente los ojitos suplicantes de su hija, hasta que de repente dijo:
-Vale, está bien, pero a algún sitio cerquita, que no puedo coger el coche con Corey dando pataditas.


La abuela rió alegre
-Muy bien, pues paso a por vosotras en un ratito, ¡Estad preparadas!.
-Si, hasta luego.




-¿Y...?
-Venga cariño, vístete que nos vamos con la abuela.


Alasse fue a su cuarto corriendo feliz por el inesperado plan y rebuscó en su armario, hasta dar con el conjunto perfecto. Pero, antes de salir de la habitación escribió algo más y selló la carta.


Fueron al Cha-fla, un restaurante de comida Japonesa. Se sentaron el una de las mesas cercanas al cristal y hablaron de todo un poco, su abuela le brindaba tiernas sonrisas al ver a su nieta aburrida, removiendo un taquito de sushi que le quedaba deshecho en el plato.


-Alasse, tienes que acabártelo todo o Santa creerá que eres una mala niña.
-No, Santa sabe de sobra que me porto bien. Y mamá, ¡Tenemos que enviarle la carta a Santa!
Devorah y su abuela rieron y contianuaron con la conversación.


Un rato después Alasse había acabado con el sushi, por miedo a que Santa la pusiese en la lista de niñas malas y fueron a enviar la carta.


-Bueno chicas, gracias por la comida, nos veremos en Noche Buena.
-Adiós mama.
-¡Adiós!
Alasse le dio un sonoro beso de despedida y Nora, se fue a casa.


Desde dos manzanas antes, ya se veía el enorme edificio de correos, Con una gran cúpula que desprendía su propia luz. Unas columnas de mármol cobrizo en forma de espiral daban paso a la entrada del lugar.


-Qué bonito es. Parece que la navidad le da... Algo especial ¿No?
Como toda respuesta, la pequeña asintió y cogidas de la mano entraron.


Lo primero que vieron fue un gran árbol de navidad decorado en oro y mate, con una brillante estrella vigilándolo todo desde lo alto.


A través de las ramas pequeños copos de nieve se habían acomodado y formado una suave capa blanca.


-¡Mira mama! ¡El árbol de navidad mágico!
-¿Mágico?
-Pues claro. ¿No ves que está nevado y bajo un techo? ¡Eso sería imposible sin magia!


-Señoritas, ¿Puedo ayudarlas?
-¿Eh? Disculpe señor, no le había visto.
El hombre rió


-Es normal, no se ve un árbol mágico todos los días.- Contestó guiñando un ojo a Alasse quien le repuso con una gran sonrisa.



-Venimos a mandarle la carta a Papa Noel.-Dijo Deborah.
-Ho, así que es para Santa ¿Eh?, ¿Y le has pedido muchas cosas?

El hombre era alto de pelo castaño claro, recogido en una larga coleta, vestía el uniforme de funcionario, como los demás. Su nombre lucia en una pequeña y plateada plaquita sobre el pecho:
Denis.

-No, no muchas.-Contestó Alasse.
-Pues entonces seguro que te las traerá.-Cogió la carta y les señaló que le siguiesen.

Atravesaron toda la sala principal. Niños con cartas y sonrisas danzaban de un lado a otro con sus respectivos padres tratando de alcanzarles.
Otros funcionarios atendían sin descanso todos los envíos.

Denis se colocó tras una urna dorada que tenia una ranura en la parte superior, escribió algo en la parte inferior de la carta y se la entregó a Alasse.

-¿Quieres enviarla tu?.

…………………………………….


Mientras, en el Polo Norte…

-¡Vamos chicos! ¡No queda mucho para que cierren todos los correos del hemisferio Sur!
-¡¡5, 4, 3…- Las cartas y paquetes seguían cayendo, uno tras otro, por lo que parecían enormes tuberías mágicas de oro.

Traían cartas de todas las partes del mundo.
Cada carta es una ilusión, un deseo, un anhelo de amor, esperanza e ilusión.

-2,1,0!! -Con un estrepitoso sonido las cartas dejaron de caer y de pronto todos los gnomos elfos y duendecillos que habían estado en ese turno se felicitaron mutuamente, y despejaron la zona para ir a descansar a sus pequeñas cabañitas.

Cada una estaba construida por el mismísimo Santa Claus, del material que su habitante más apreciase. Todo cuidado hasta el último detalle y cuando entras en ellas, la magia y amor invaden tu corazón.
Pero… ¿Quién no iba a estas colmado de gozo y alegría en el reino de Santa Claus?

El siguiente turno entró rápido.

La señora Claus selló los labios de su marido con un beso, ambos miraban a los pequeños duendecillos y elfos trabajar duro, pero él también tenía mucho que hacer, leer todas esas cartas una por una, clasificarlas y luego un cansado y laborioso tiempo gastando hasta la última gota mágica para conceder los deseos y peticiones de todos los niños buenos del mundo.
Noche buena era la recompensa, una vez que viese su trabajo reflejado en las sonrisas de los niños.

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