El florero y el cesto.

Las noches en vela tienen un punto mágico que hay que saber aprovechar.

Una de estas noches, a causa de la cafeína, la tensión o un fantasma haciendo ruido cada vez que estaba apunto de caer dormida, me llevó a ver la vida más allá del prototipo del tren que pasa y los pasajeros que suben y bajan. 
Ya era hora de cambiar de chip porque realmente me comenzaba a molestar ver la vida como un medio de transporte donde si pierdes la parada de las oportunidades la has fastidiado pero al final del trayecto te tienes que bajar si o si. Dónde la gente que entra en tu vagón es la que forma parte de tu vida, y con el tiempo unos llegan nuevos y otros se van.

Imagina un recipiente de cristal, un florero a medio llenar de agua.
Al lado hay un cesto de mimbre, con su gran asa semicircular que pasa por encima de más de un millón de rosas.
Hay rosas pequeñas, grandes, hermosas, marchitas, rojas, blancas... De todo tipo, incluso algunas que al verlas te sorprendes pues ignorabas la existencia de tal capricho de la naturaleza.

Tu al principio estás abobado, mirándolo como si fuese un bodegón y sintiendo el vacío del florero muy dentro de ti.
Te atraen las rosas más brillantes y coloridas, tal vez te compares con las más pequeñas y al nacer, tu florero se ha llenado de pronto por unas cuantas rosas, dos de ellas más bonitas que las demás y con un olor que estremece por lo familiar que les es a tus entrañas, tus padres. 
La familia y amigos de la infancia hacen compañía entorno a ellos con sus pétalos comenzando a invadir tu nariz con una sinfonía de aromas. 

Tal y como vas creciendo te sientes atraído por otro tipo de rosas. Las más firmes, bañadas en rocío cuentan bajito la experiencia de la lluvia acariciando su tallo y el terror al oír los truenos. Verdaderas supervivientes, todo un mundo de conocimiento. 

Otras sin brillo, que te hacen acercarte y preguntar ¿Qué te hicieron? Y te encuentras con otras mil historias más acerca de el sentimiento de rechazo por sus las espinas, o por tardar en abrir sus pétalos del todo.

De una forma u otra todas aquellas flores aglomeradas comienzan a organizare en grupos según cada persona y momento en la vida de esta. Para algunos estará el grupo de "las que me convienen y las que no." Para otros el de "Las jóvenes y las marchitas." 

Todas ellas van siendo escogidas consciente o inconscientemente por nosotros y llenan nuestro florero, con la diversidad de la misma existencia. Las "buenas y malas" elecciones se combinan en una perfecta armonía para crear el ramo más único y hermoso si lo sabemos cuidar bien. 
Cuando una de nuestro jarrón se marchite del todo hemos de sacar los restos con cuidado dejar espacio y mantener el agua limpia para que la fragancia siga en armonía y te ayude a superarlo todo.

¿Pero... como simbolizar la muerte propia? Eso es lo que más fácil me ha resultado averiguar. 
Simplemente un día tu jarrón cae y las rosas que había en él reciben un tremendo impacto. 

Mientras que tu esencia, el agua, hace su camino y como toda agua, alcanza el inmenso mar sin daño alguno llevándose consigo los restos del aroma que las rosas han dejado en ella a lo largo de la vida.
Y ya está no te tienes que preocupar de nada más, alguien recogerá el recipiente ya sin ningún valor y tu te habrás liberado hasta tal extremo que los limites te estarán aun por conocer.

By: Kiissy



Comentarios

  1. Una preciosa analogía. Me ha emocionado especialmente el final; me he imaginado como agua llena de aromas llegando al mar... Y seguro que tu aroma estará allí.

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