lunes, 4 de febrero de 2019

A los que me han 'destrozado'

Esta carta no es anónima, el dato que falta por concretar, es el destinatario.

La infancia y adolescencia. 

Un día en la fila del colegio empezaron a llamarme 'gorda' y 'abuela' porque llevaba un vestido de flores y porque era una niña tan delgada que llamaba la atención.

Otro día, una de las chicas que más se metía conmigo me tiró del pelo y me dijo que me defendiera, le dije que no quería y después de estar más de medio recreo insistiendo y molestando me dijo que si le clavaba las uñas en el brazo, se iría. Dijo que era lo justo después de haberme tirado del pelo. 

No lo hice. 

Se las clavó ella misma.

Se mojó los ojos con saliva y se fue a la profesora de guardia a decirle que yo le había hecho daño. Por suerte no la creyó, pero nos castigó a las dos.

Cuando iba a la academia de inglés, en una de las clases fue un profesor sustituto a cubrir una baja por maternidad. Participaba mucho en la clase (no más que con la profesora que estaba de baja) decidieron que era un buen momento para decir que estaba enamorada de él y avergonzarme hasta hacerme llorar, clase tras clase.

Tuve que fingir que no me interesaba la clase ni participar, hacerme lo más invisible posible. 

En la época del cambio, cuando bajaba la regla, en la hora del patio algunos de clase se escondían para registrar las mochilas y pupitres y ver quien de nosotras llevaba compresas o tampones y luego los robaban ponían sobre la mesa o nos pellizcaban el hombro para saber si llevábamos ya o no sujetador, con la misma tontería, nos levantaban la falda.

Dejé de llevar recambios de compresa y falda a clase. A otras les hacía gracia, eran sus amigos, a mi me daba asco y angustia, solo me hablaban para meterse conmigo.

En la asignatura de Educación Física, cuando habían pruebas de carreras y velocidad, yo era la más lenta de la clase, junto con mi mejor amigo. Además, nunca hablábamos en clase y tardábamos en entregar los trabajos.

 Por eso una profesora decidió llamarnos "Mustia Flor y Tortuga Presurosa" 

Ahora me río. 

En aquel entonces hizo que suspendiera la asignatura y que no pudiera defender a mi amigo porque estaba demasiado afectada con lo mío.

En clase de lengua, puse mal un adjetivo, la profesora me avergonzó y estuvo recordándome el error durante un mes. Por supuesto, eso hizo que mis compañeros también. Pasé de sacar sobresalientes a pensar que no valía para mi asignatura favorita, me quedé en un 6 de media. 

Cuando tuve una mejor amiga, casi todos los días me decía que ya no lo era, que era la segunda mejor amiga. Cada día era por alguien diferente.

Dejé de creer en las relaciones de amistad especiales. En los vínculos fuertes de amistad. No me fío. Aunque nunca dejé de querer a mis amigos, no soy capaz de considerarlos la familia que elijo, eso es mi pareja y mi perro.

Recuerdo estar tan sola y necesitar tanto una amistad que confié cuando dos de las que más daño me hacían me decían que habían cambiado y que podía contar con ellas para desahogarme. Conté mis cosas para luego enterarme de que las difundían para luego hacerme daño con ellas. 

-¿Pero no éramos amigas?
-¿Ah, sí?

Lo aprendí rápido. A día de hoy mis amigos no saben lo que me pasa hasta los dos o tres meses después. Esto es ahora parte de mi carácter y no me hace débil ni fuerte, simplemente yo. Me alegro de cuando alguien tiene ese vínculo con alguien. Pero no lo envidio.


Siempre he tenido amor por el teatro, me dieron el papel protagonista para la obra final cuando hice el curso. 

Mis compañeros, los mismos de clase, aprovechaban en los momentos en los que había que mostrar emociones para burlarse de mi en los recreos el resto de la semana. 

Por eso me daba tanto miedo hacer el ridículo, así que conseguí que la actuación se cancelara aprovechando un enfado de mi profesora por el "mal comportamiento" de mis compañeros.

Tuve una pareja que me hizo sentir que yo tenía la culpa de mis sentimientos. 


En los estudios nunca fui mala, pero tampoco la mejor. En natación nuca me sentí mal, pero seguía sin ser la primera. Antes, durante y después de la carrera, unos números obtenidos por unas pruebas llamadas exámenes en las que mis capacidades no se veían representadas ni valoradas, decidían mi futuro. 

Todas las semanas. 

Yo superé las pruebas. 

Mi autoestima no.

Huir de la competitividad, evitar conflictos, tocar siempre la primera fila, introvertida pero sociable... Todo lo que yo era y soy parecía atraer problemas, cuchicheos, rumores, baja aceptación y malas caras.

Siempre miradas de superioridad, siempre miradas de asco, siempre miradas de odio, sin motivo y sin sentido. 

Hay más, muchas más, muchísimas más cosas y todas las que he contado, pueden parecer nimiedades, pero si me acuerdo de ellas después de tantos años, es por algo. 

Además hace tiempo que aprendí a dejar de menospreciar lo que tiene importancia para mí, aunque al resto del mundo se la resbale.

Ahora, tras contar estas pocas historias, solo me queda el sentimiento de vacío, de tristeza, de ganas de hablar con mi yo de hace años para decirme "no va a pasar nada, brilla y conócete". También siento agradecimiento profundo para los amigos y profesores que se quedaron a apoyarme, incluso para aquellos que no hacían ni bien ni mal. Aliviasteis mi existencia. 

Pero al final, me queda una sensación primordial. Es la sensación del "típico" recuerdo de lo que yo quería ser: Invisible.

Solo quise ser invisible, lo máximo posible, pasar desapercibida, no despuntar en nada... Realmente, para el resto del mundo no lo conseguí pero llegué a intentarlo hasta el punto en el que, en cierto modo, sí que desaparecí. 

Un buen día, cuando dejé de sentirme en peligro vi que lo había conseguido, había desaparecido y no pude encontrarme ni yo. 

Porque me autoexigí tanto, en tantas situaciones, que cuando las cosas se pusieron realmente difíciles para mí, no supe perdonarme no poder. 

Me autoexigí tanto que acabé por creer todo lo que me hacía sentir mal. Empecé por meterme conmigo más que cualquier otra persona en el mundo y a tener pensamientos autodestructivos, pero conseguí decir ya basta cuando no pude más.

Lo dije como supe, de la única forma que tenía. Fue un susurro a todos los niveles y también un grito escondido con mis acciones.

-"Es que no puedo más". - Lo repetí a cada persona a la que sentía que tenía que darle una explicación de mi "tirada de toalla".

Recuerdo que hace muchos años, un profesor me dijo que eliminara el "es que" de mi vocabulario porque después de esas letras, lo único que había, era una excusa

Pero realmente, yo no quería poder más. Así que me rendí para ganar paz.

Tengo y tuve la suerte de que casi todos lo entendieron. O mejor dicho todos lo entendieron, pero cada uno a su manera.

Prometo que lo dije de la manera más suave, de verdad. Tal vez no era la mejor, no es la que recomienda ninguna página de psicología de internet, ni un buen amigo te diría "ah pues está bien hecho". O tal vez sí, no lo sé porque no lo he contado a ningún amigo, a sabéis. 

La cuestión es que tal vez todavía tenga que rendirme todos los días un poco más. Porque rendirse, "soltar" es un camino largo que te devuelve a lo principal, pero vale la pena siempre y cuando, ese camino te lleve a decir: "Ahora sí, ya puedo otra vez". 

Lo siento si hice daño al parar.

Hoy no sé que será de todos los que me han 'destrozado' en algún momento de mi vida. Pero quería decirles que no me olvido de ellos, que espero que hayan cambiado, que me alegro de que sean pasado, que sé que todavía tengo cosas que aprender de lo que me hicieron. 
Igual que sé que probablemente ellos, como la mayoría, vivían o han vivido situaciones similares... Pero que no se preocupen, que yo estoy bien y ahora ayudo a gente que pasa por esta situación, gracias a ellos que me la hicieron pasar a mí. Intentaré que sufran un poco menos y que cuiden de sí mismos un poco más de lo que lo hice yo.



Los detalles importan y mucho. Me encanta la frase que dice:

"En un mundo en el que podemos ser cualquier cosa, decidamos ser amables"

No porque la otra persona pueda estar pasándolo mal. Tal vez esté mejor que tú. No porque tengas un buen día, no porque no te hayan hecho nada para no ser amable. Simplemente se amable. Porque sí. Porque ¿Por qué no?

Vive y deja vivir, no te metas, no preguntes, deja ser, no hables de libertades cuando vas a escandalizarte por algo que tu mente no llega a comprender, no digas se y haz lo que quieras, pero en tu casa, porque tras la puerta de una casa, nadie llega a ver nunca hacia dónde se inclina la balanza. 

No hay juicio ni moral válida para quien piensa sin sentir y siente sin comprender. 

Por lo que sus actos serán tan ciegos como sus ideas.




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