lunes, 4 de febrero de 2019

Intentarlo

Jugar, intentarlo ¿Por qué no?

Volver a probar todas las decisiones. Recordar el sabor, darse cuenta de las posibilidades y perderse en el cambio de las experiencias. Eso pensaba Emma el 4 de febrero, sobre las 12 de la tarde.

Música y ruidos en un bar con suelo fino, parece despuntar el café servido con las tapas de marisco, las risas del humo... Es el último clandestino que permite fumar dentro a sus amigos, todos policías, un negocio vivo, desde luego.

Faltaba el repartidor de la mejor mesa de póker de la ciudad entre los grupos de la tercera edad que echaban los dados en modo automático. Más que ciudad era un pueblo grande que entre la crítica en los ojos de la gente saltaba la compasión por el vecino minutos después de haber hablado mal del mismo. 

Olía a medio día sin final, entre cocina y humanidad. Por la ventana entraba el sol temprano, estaba bien orientada, el reflejo de sus cristales alargaba la tarde como un día sin pan para los que necesitabamos que llegara la noche y descansar.

Jugar e intentarlo. Un día más. Es agotador. 

Miré el vaso de la mesa de al lado y me incomodé de las migas de pan en la mía. Sentí que me miraban y sumergí la cabeza en el periódico del día.  Ni idea de lo que ponía, pero estaba cansada y aparentar que leía me consumía la energía justa y me daba la excusa perfecta para no responder a nadie con una mentira opresora ni con una verdad punzante. 

Hace tiempo, cuando me preguntaban cómo estaba, pensaba que un "bien" bastaría. Pero no fue así. No me sentía satisfecha ni ellos se quedaban tranquilos con esa afirmación liviana.

Estaba cansada y en casa no había un rincón dónde pudiera sentir la calidez de un hogar. Pasó la página por tercera vez, la yema del dedo se quedó seca entre el aire y el papel y la tinta negra entumeció la huella poco antes de que la chupara para que ocurriera por una cuarta y quinta vez hasta que no quedaron hojas en ese refugio de celulosa así que me levanté, dejé mi plato vacío, las migas con los surcos de mis codos y unos euros en la mesa.




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