¿De qué tienes miedo?

Cuando me doy tiempo para mi, ya sea meditando, o con un buen baño, me viene la imagen de una dama blanca, rodeada de luz, sin rostro ni nombre. Es una mujer porque su voz me recuerda a la de mi madre. Siempre me pregunta: ¿De qué tienes miedo?

Yo me conmuevo y a veces me echo a llorar, otras suspiro de alivio y siento que parte de mis problemas descansan, unos instantes, sobre los hombros de esa mujer y yo soy libre. ¿Libre de qué? me pregunto yo. No lo sé, no sé de que me libero, si lo supiese, lo erradicaría de mi vida para no volver a tener miedo. 

En el fondo todos vamos con miedo casi a diario y no sabemos por qué motivo. Esperamos en la parada del bus protegiendo nuestras espaldas apoyándonos en la pared y con los brazos cruzados cubriendo el pecho. Con chepa y los hombros encogidos, tensos. Nos escondemos mirando el móvil, con miradas furtivas y de reojo a todo lo que está a nuestro alrededor... Y cuando subimos al bus seguimos igual, al bajar del vehículo apretamos el paso con la cabeza gacha y la mente fija hasta que llegamos a nuestro destino y ahí, tres cuartos de la misma historia... Así todo el día, uno tras otro, con miedo, precavidos y huidizos, pero sin saber por qué. Vaya tela.

No es la primera vez que pienso en esto, de hecho lo estoy escribiendo porque es una idea recurrente en mi cabeza y siempre acabo concluyendo que ese miedo lo aprendemos por el camino. Que de niños eso no lo tenemos. Yo fui a Inglaterra con otros niños a un internado de verano. Uno de los chicos de mi grupo era francés y con tan corta edad, que no digo porque exactamente no la recuerdo, ninguno manejaba bien el inglés. Ya podéis imaginar cómo nos comunicábamos, parecíamos sacados de un programa de "apadrina a un retrasado mental", por favor que no se ofenda nadie con esa referencia, no va a malas. 

La cuestión es que los primeros días él y yo prácticamente ni nos mirábamos, él era el francés rarito y yo la española tímida, un dúo la mar de dinámico. Ni siquiera sabía su nombre cuando, una tarde, paseando por unas calles de Londres, a esa bella ciudad se le ocurrió echarse a llorar. Osea, que diluvió en pleno julio como si fuese abril en Galicia. Yo llevaba un paraguas rosa plegable y pequeñito, súper fashion. Él iba sin paraguas ni chubasquero. Nos pusieron por parejas aleatorias, juntando a quien tenía paraguas con otro que no. Así caritativamente avanzaríamos en nuestra excursión por la ciudad sin riesgo de morir de gripe. 

No exagero cuando os digo que fue el momento más tenso, excitante en el dulce sentido de la palabra y angustioso del mundo. Era la primera vez que estaba tan cerca de un chico y él parecía igual de traumatizado por mi presencia hasta el punto de que iba medio cuerpo fuera del paraguas y con todo el goteo de los lados cayéndole encima. El resto del grupo, que eran bastante más normales que nosotros se reían, incluida la profesora que se encargaba de empujar al chaval bajo el techito de tela rosa. 

Para aliviar la tensión empecé a sacar mis dotes de empollona y le pregunté en un inglés de mafia rusa por su nombre, su familia, si tenía mascotas y que cómo era el sitio del que venía. Mira, fue un drama absoluto porque el chaval solo sabía decir en inglés"one, two three", "hello, bye" y poco más. Así que entre gestos acabamos la conversación, la cual extrañamente se convirtió en una de las mejores que he tenido en toda mi vida. De verdad. 

Su nombre era Pierre.

Nos relajamos, nos apartamos un poco del resto y a nuestro rollo empezamos a disfrutar de la ciudad. Mirábamos cada uno desde el hemisferio "paragüil" que nos había tocado (el mío el derecho, lo recuerdo perfectamente) todos los edificios y tiendas por los que pasábamos. Y molaba decir "wow look" o "I like this" y señalar todo lo que mi larguirucho dedo alcanzase en su frente de mira. Pierre asentía a todo y sonreía entusiasmado. Yo entendía que a él le parecía todo igual de maravilloso.

De repente, cogió el paraguas. Yo no me esperaba eso en absoluto. Pensé, "uy, que cabrón que me quiere quitar el paraguas", pero no hizo tal cosa, simplemente decidió que yo no debería de llevarlo tanto rato (no sé si llegaron a los 10 minutos pero si que empezaba a cansarme el brazo). 

La cuestión es que yo me escandalicé y enamoré a la vez y durante las dos horas restantes de escapada turística bajo la lluvia, él llevó el paraguas y no permitió que se me mojase ni la punta del zapato. Él acabó para escurrir. En mi defensa diré que torpemente y procurando con mi vida no rozar ni la uña meñique de su mano, hacía ademán de querer llevarlo yo otro rato y él siempre me miraba y negaba con la cabeza muy feliz.

El resto del grupo cuchicheaba y nos decía cosas en bajito y entre risas. Fue la primera vez que no me asustaba que hablasen mal de mi o cotilleasen a mis espaldas. Fue la primera vez que paseé con un chico. Bajo el mismo paraguas. Por Londres. 

Toda la semana restante estuvo evitándome o nunca coincidíamos, jamás lo sabré. El último día me esperó en una esquina de la estación de autobuses que le llevarían al aeropuerto (su avión salía 7 horas antes que el mío). Estaba solo y mirándome fijamente. Ahora esa escena puede parecer muy creepy, realmente lo fue, pero yo caminé hacia él y nos despedimos con dos besos en las mejillas y un abrazo enorme. 

Juraría que le vi llorar. 

Esta historia es real y es uno de mis recuerdos más felices emocionantes e inocentes. Es uno de mis Patronum.

Cuento esta historia, porque cuando esa mujer de luz que os comentaba al principio me devuelve le carga sobre mis hombros, yo intento ser más rápida que ella y abro un paraguas rosa, antes de que me caiga todo encima. Sin duda, me quita el miedo. Igual solo necesitamos abrir un paraguas rosa para dejar de temer.   

Y tú, ¿sabes por qué tienes miedo?



By: Kiissy


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